• Teodora Calle, madre de un niño con trastorno del espectro autista, pide empatía, centros terapéuticos y una educación inclusiva en Bolivia. “Mi hijo no necesita compasión, necesita oportunidades”, afirma.
La Paz, 16 de octubre de 2025 (nuestromundo.com.bo).– “El autismo no hace daño, sino la desinformación”, afirma con voz serena Teodora Calle López, madre de Marcelo Thiago Losa, un niño de siete años que vive con Trastorno del Espectro Autista (TEA). Desde su nacimiento, ella ha enfrentado un camino lleno de desafíos, incomprensión y, sobre todo, amor incondicional.
Thiago fue diagnosticado con autismo a los cuatro años, aunque los primeros signos aparecieron desde sus primeros días de vida. “No dormía más de quince minutos, lloraba toda la noche. Luego notamos que no tenía contacto visual. Yo hablaba y él me evitaba la mirada”, recuerda su madre.
El diagnóstico le comunicaron en Brasil, donde nació el pequeño. Allí, Teodora conoció una realidad diferente: leyes que reconocen el autismo, políticas de inclusión y un trato empático hacia las personas con esta condición. “En Brasil, él lleva una cinta de identificación. Si entra en crisis, la gente entiende que tiene autismo. Aquí en Bolivia falta mucho para llegar a eso”, lamenta.
Hace dos años regresó al país con el propósito de dedicarse plenamente a su hijo. “El tratamiento no son medicamentos, sino terapias intensivas, con calidad y cantidad. Pero cuestan hasta 8.000 bolivianos al mes. Es imposible sostenerlo sin apoyo del Estado”, explica. Por eso, pide que Bolivia cuente con centros terapéuticos especializados en trastornos del neurodesarrollo, con servicios de musicoterapia, fonoaudiología y atención integral.
“Mi hijo aprendió a hablar a través del canto. La música despertó su cerebro, lo ayudó a comunicarse”, relata emocionada. Sin embargo, la falta de especialistas y recursos limita el acceso a estos tratamientos. “Necesitamos que el sistema de salud y educación se especialicen en el autismo. No se puede seguir diagnosticando como ‘deficiencia mental’. Es una condición de vida, no una enfermedad”, reclama.
Thiago asiste actualmente a una escuela regular, aunque su inclusión no fue sencilla. “Muchos profesores no saben cómo tratar a un niño autista. A veces los aíslan o recomiendan llevarlos a una escuela especial. Pero él necesita estar con otros niños para aprender de ellos”, explica Teodora.
La madre asegura que la inclusión educativa aún es una meta lejana. “Los autistas tienen habilidades que debemos descubrir. No debemos excluirlos. La inclusión no se trata de que ellos se adapten a la sociedad, sino de que la sociedad aprenda a adaptarse a ellos”, enfatiza.
Su lucha no es solo por Thiago, sino por todos los niños dentro del espectro. “Quiero que tenga una vida independiente, su propio trabajo, su familia. Y que Bolivia reconozca el autismo como una condición de vida, no como un motivo de discriminación”, expresa.
Una lucha también desde la alimentación
Además de la educación y la salud, Teodora considera que la alimentación es clave en el desarrollo de un niño con autismo. Explica que muchos de ellos rechazan ciertos alimentos por su textura, color o sabor.
“Lo que para nosotros es un gusto amargo, ellos lo sienten tres veces más intenso. Por eso no aceptan algunas verduras o frutas”, detalla.
En el caso de Thiago, su madre logró incorporar alimentos saludables con paciencia. “Durante ocho meses trabajé poco a poco hasta que logró comer verduras y frutas. Hoy ya come de todo, pero fue un proceso largo”, cuenta. También advierte sobre alimentos con cafeína, como el chocolate o el yogur, que pueden alterar su sistema digestivo.
Para Teodora, cuidar la dieta, el descanso y las rutinas es parte del tratamiento integral. “Si un niño no duerme bien o tiene dolor, no puede aprender. Todo influye. La alimentación y el cariño son también terapias”, asegura con ternura.
Antes de despedirse, deja un mensaje lleno de esperanza: “Nosotras, las mamás, no pedimos lástima, pedimos empatía. Que la gente no mire con juicio cuando un niño entra en crisis, sino con comprensión. Mi hijo me enseña cada día a ser fuerte. Dios me lo mandó como un regalo azul”.